viernes, 22 de febrero de 2008

Espejo.



A veces sueño que escribo. Y surgen palabras preciosas. Frases grandilocuentes llenas de dobles sentidos, amargas verdades que me hacen esbozar sonrisas dormida. Pero luego abro los ojos, y ni el atrapa sueños ha sido capaz de captarlas. Me siento frente a la pantalla y miro esa infinidad blanca que nunca parece llenarse.

Puede que hoy no sea un día bueno para escribir, hacía tiempo que no me sentía tan sensible.

O puede que sea el día perfecto, y así pueda llorar de una vez este mar de lágrimas que se me atraganta en los ojos.

Reconozco que hoy en día ya casi no quedan cosas que odie en el mundo. Ese extraño sentimiento se ha convertido en compañero con el paso de los años, y ahora hasta casi puedo decir que lo echo de menos.

Es curioso. Supuse que el día que por fin me librara de él, lo festejaría sin dejar de sonreír un momento. Pero como con todo, la costumbre hace que nos aferremos a las cosas, y aunque a veces no sean buenas, las echamos de menos.

Una mañana te levantas, y sin saber porque te sientes distinta. Esta distinción no es otra que la madurez, que te llega así, como de repente. Y te desquicia por donde quiera que vayas porque en lugar de facilitarte las cosas, no hace otra que llenarte de piedras el camino. Y es que por mucho que soñemos con Dorothy, esos preciosos zapatos de rubí y las baldosas amarillas, nunca llegamos a Oz.

Eso si, por el camino encontraremos de todo. Seguramente algún amigo y si somos afortunados más de uno. Y quieras que no tengan rasgos semejantes al tierno Hombre de Hojalata, Espantapájaros o al León Cobarde. Y habrá una bruja mala del Este esperándote deseosa de truncar tus planes. ¿No te has preguntado nunca si tú misma, Dorothy en tu mundo, serás la Bruja en el de Otra? Yo casi he llegado a la certeza de que lo soy para alguien.

Después de descubrir todo esto tienes que lograr el mayor reto: Sobrevivir. Te mirarás al espejo, y por días te adorarás o despreciarás. Pensarás: ¡Hoy me siento radiante! casi tantos días como desearás no salir del calor de las sábanas. Pero esto es lo que hay, día tras día. Piedra tras piedra.

Y lo peor de todo es que cuando más te escueza el corazón, cuando creas que no puede doler más. Vendrá alguien y dará ese último latigazo, ese coletazo que nos desquicia y hace que odiemos tanto como hemos amado. A veces incluso más. Y mirarás a la chica del espejo, esa que a veces te devuelve triunfal la mirada. Y desearías golpearla hasta que borrase esa cínica sonrisa, que te hace recordar una vez más que todo se desmorona.

¿Has meditado alguna vez sobre lo que ella piensa cuando te mira? ¿De verdad es una sonrisa cínica o te pareció atisbar algo de pena en ella? ¿Se odiará tanto a sí misma como te odias tú?

Pero luego están los otros días, esos en los que todo es maravilloso, los pájaros cantan, tus amigos te quieren y no te miras al espejo para no ver qué cara te devuelve. Esos días en los que vives solo para que ese sentimiento de bienestar no desaparezca, porque sabes cómo te sentirás cuando lo haga. Y gritas, chillas, corres, ríes y amas. Con todo el corazón, o con la parte que aun siente. Y enseñas un poquito de lo que escondes, pero solo un poquito, por donde casi no quepa un alfiler que pueda herirlo.

Y odias que se cumpla el dicho de que la calma precede a la Tormenta.

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