viernes, 15 de febrero de 2008

La Pasión


La pasión.

Ese sentimiento que arrebata el aire que respiras. Esa sensación de que el mundo no te llega, y la piel de tan caliente que esta, te quema y lucha por soltarse.

Dulce y amarga, brisa y tifón. Parece que todo el mundo habla sobre ella cuando está en su máximo apogeo. Pero como casi todas las drogas que te llevan al delirio, la pasión cuando se desvanece, es casi tan arrebatadora como cuando llega.

Y en ese momento de profunda tristeza, cuando parece que nada va a arreglarlo, ¿en que pensamos? Llegados a este punto habría dos opciones lógicas y cientos de variables no tan normales. La primera, que cuando cierres los ojos, solo te vengan esos momentos que compartiste con ella… Las miradas que te clavaban una daga envenenada de amor justo en el centro de tu estomago, que te deja sin respiración cuando esos ojos se apartan de ti. Esa añoranza de unas suaves manos recorriendo tu vientre, tus muslos… Y ese cegador destello cuando sus labios se posaban sobre los tuyos, entrelazándose en un beso que dejarías que fuese eterno. Y ese es el momento en que la pasión se torna dolor.

Ya no sientes sus manos, ni su mirada cómplice en la tuya. Ya no están sus besos, y parece que todo sentimiento se mezcla en un coctel explosivo que terminara por hundirte. ¿Nunca te has parado a pensar en lo que añoramos? ¿La persona o la pasión?

Luego en un sueño, quizá reconfortante, te pares a pensar en la pasión colérica, esa que si bien menos placentera, también existe. Y es que cuanto más amamos, mas odiamos. Y el odio, quieras que no, es una buena manera como otra cualquiera de seguir adelante.

Pongamos que todos los recuerdos dulces se tornan ahora irascibles. Tu mano, que de día me acariciaba a mí y de noche se dejaba acariciar por otras. Tus besos y mirada, antes exclusivos, ahora al alcance de cualquiera. Y ahí es cuando ese pequeño puñal que antes a pesar de su dolor te llenaba de dulzura, ahora es un hierro candente que atraviesa tus entrañas. Y odias, profundamente. Hasta que un día, como todo, ese sentimiento desaparece y se torna en cualquier otro. Muta como un mal virus, y se convierte en algo que te acompaña siempre, como una herida mal curada. Y que nunca, jamás, te permitirá olvidar.

Y luego solo queda vivir. Pasaras por un lugar y pensaras en ella. Intentaras conciliar un sueño profundo, y ella vendrá a ti. Arrebatadora e inmutable. Con otro rostro, otras manos. Pero ella siempre se repite. La pasión es tan dulce que hasta su manera de morir es deliciosamente bella. Siempre y cuando consigas que no te arrastre con ella…

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