Hoy he recuperado un poquito la fe en el ser humano. Pero solo un poquito, no vaya a ser que se acostumbre.
Estaba enfrascada en un tema que sonaba en mi mp4. Y de repente una perrita negra, cachorro con energía de sobra para comerse el mundo, comenzó a juguetear cerca de mí. Y así, sin comerlo ni beberlo, comienzo a hablar con la dueña… Una hora, dos… Me cuenta su vida, le cuento mis cosas. Me abre su mundo y ni siquiera me pregunta el nombre. Le cuento secretos y ni siquiera me presento. Y con la certeza de no volver a vernos nos confesamos nuestras preocupaciones, nuestros miedos. Ha sido mi mejor amiga esta tarde, y yo la suya.
Y ni siquiera se su nombre, ni ella el mío. Y nos despedimos encantadas de conocernos. Por una vez no es un cumplido que se dice por obligación. Y la recordaré con cariño. Esa chica que me enseño a luchar un poquito más, y también a llevar la cabeza muy alta. Siempre.
Hasta creo que si quiero puedo encontrarla, con toda la información que me ha dado. Y estoy segura de que ella sabe cómo encontrarme a mí. Pero creo que es uno de estos casos en los que perdería toda la magia. Quizá hemos sido el apoyo que la otra necesitaba en ese momento, y volver a encontrarnos estropearía algo que me parece maravilloso: Que dos extraños puedan abrirse el uno al otro, desahogarse. Sin ningún miedo. Así da gusto vivir.
Lo único malo es que haciéndole caso al bueno de Murphy, mañana algo me joderá el día.




