sábado, 1 de marzo de 2008

Sea como fuere...



En estos momentos en los que la diosa verde fluye por cada gota de mi sangre, haciéndose una conmigo hasta llegar a mi cerebro, donde puedo sentir que invade todos y cada uno de mis sentidos.

La soledad de mi morada solo se ve interrumpida por el tintineo del cascabel de Miseria. El tic-tac traicionero de aquel viejo reloj todavía sigue molestando mis agudizados oídos. Y aun así, cuando cierro los ojos para inspirarme, lo único que se me viene a la mente es tu rostro.

Un puñal que se cuela en mi pecho y a pesar de recordarme que sigo viva, solo me evoca deseos de morir. Y esas heridas que creía curadas inspiran un eco de pura maldad. Y entonces es cuando sueño despierta y rio en silencio porque a nadie podría explicar lo que siento. Y porque aquellos que dicen quererme a menudo me recuerdan que están ahí para herirme. Y como justo antes de la tormenta llega esa calma que todo precede, sentiré que mi alma se despoja una y otra vez de su materia. Yendo a caer en un inmenso pozo, un pozo donde la maldición de la soledad, y el descubrir que realmente a lo que tienes miedo es a esos constantes deseos de dejar de luchar. Dejar de seguir. Parar.

Y aunque nunca sabrías donde detener el tiempo, siempre hay algún pasaje menos doloroso, o quizá incluso placentero. Eso depende de cuan cara hayas pagado la visita a este misterioso yelmo de oscuridad y dolor.

Te encuentras en la barca. A tu lado cientos de víctimas que, como tú, se dirigen a un futuro incierto. Y presas del pánico temen lo mismo que tu. Lo que se avecina.

Un cegador destello te lleva, de repente, a un mundo vacio, frio. Y sólo tú presencia esta allí para llenarlo. Durante siglos recorrerás la nada que dichosa te desafía, y triunfante cuando por fin te arrebate lo único con lo que entraste en ella. La cordura.

Así es el mundo en el que vivimos. Un mundo donde cuando la muerte viene a buscarte y lo único que encuentra es un girón de lo que eras. Una sombra fugaz que ha caído presa de la locura. Esos ojos que antes tenían sabiduría infinita, ahora tan solo tienen un retazo iluminado, como de esperanza, que ni tan siquiera llega a ser eso.

En la mayoría de los casos es ilusión.

Ilusión porque al verse despojados de todos sus recuerdos, de todo lo que fueron; al ser vulgarmente reseteados por una enfermedad que te roba lo más preciado que tenemos, la muerte viene a buscar un mero cascarón. Donde antaño si hubo lo que ella quería.

Y estoy segura de que ella cientos de veces se pregunta si realmente merece la pena seguir haciendo su función. Seguir recogiendo simples cascaras. Donde están los tiempos, se preguntará, en que las almas me contaban todas sus hazañas. Incluso aquellos en los que intentaban negociar contigo. Lejos quedan. Ahora tan solo alguien que le da la mano ilusionado. Esperanzado tal vez. Y le pregunte: ¿A dónde vamos? Y ella le diga: Ven, sígueme.

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